Leyenda del Moncayo
Cuenta la leyenda que existe una gruta en el Moncayo por donde mana fría agua. Cerca de allí existe un pueblo y las jovencitas de ese pueblo acudían todos los días a llenar los cantaros. El tío Gregorio, un anciano de ese lugar, les contó la historia de un joven pastor que perdió el rebaño y entró en la gruta. Observó que había gran cantidad de joyas (oro, plata, rubíes, diamantes, zafiros... y custodiándolo unos seres diminutos y horrendos) todo lo que se perdía o incluso los tesoros de los moros al huir a sur, era recogido por estos seres. Existía una red de caminos subterráneos por todo el Moncayo. El pastor al final pudo escapar con suerte de tales bestias. El anciano les dijo que por la noche, al acudir a esa gruta se podían escuchar las vocecillas de esos gnomos, pero que nunca les hiciesen caso. Al día siguiente, casi al anochecer, dos de esas jovencitas (Marta y Magdalena, unas pobres hermanas huérfanas) decidieron ir esa misma noche a la gruta del Moncayo, absortas con las historias del anciano. El agua y el viento les empezaron a hablar "Niña, déjame besar tus pies", "déjame agitar tus cabellos". Marta quedó ensimismada, mientras que Magdalena empezó a tener miedo. Entonces el agua les ofreció joyas y poder; el viento amor si entraban en la gruta. Marta se acercó aun más a la gruta mientras que Magdalena se alejaba atemorizada, pero ambas miraban fijamente al manantial. Entonces enmudecieron agua y viento y apareció un gnomo, un hombrecillo trasparente y luminoso que reía y saltaba y se volvió a introducir en la gruta. Marta, atraída, lo siguió y no regresó. Dicen que algunas noches se escucha el llanto de Marta en el nacimiento del manantial.